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¿Cómo reaccionamos ante una infidelidad?

¿Cuáles son las reacciones más habituales cuando descubrimos una infidelidad? ¿Qué tipo de personalidad esconde cada una de ellas?

El 41 % de los matrimonios admite haber cometido una infidelidad, una cifra que cuestiona las relaciones de pareja basadas en esta unión ritual o legal entre dos personas. De ellos, el 31 % afirma haber afrontado la aventura. Solo en el 10 % de los matrimonios los cónyuges ponen fin al connubio.

El 22 % de los hombres y el 16 % de las mujeres han sido infieles al menos una vez durante su matrimonio; el 36 % de ellos, con un compañero/a de trabajo, y el 35 %, aprovechando un viaje de negocios.

Descubrir una infidelidad puede tener consecuencias en el seno de la pareja: la traición, la mentira y la deslealtad que siente uno de los cónyuges, o los dos, cuando se descubre el affaire, unido a la crisis de autoestima que provoca la revelación, hacen tambalear los cimientos de la propia relación hasta el punto de que nuestra reacción puede variar entre la venganza, la culpabilidad y el perdón.

¿Cuáles son las reacciones más habituales?

Cuando una persona sabe que su pareja le ha sido infiel puede pasar por distintas etapas que van desde el odio y la ira hasta la tristeza. Por supuesto, todo dependerá de nuestra personalidad. ¿Cómo reaccionarías tú ante una infidelidad?

  • A. Busco a un culpable. Se trata de indagar sobre quién ha tenido la culpa, si se ha descuidado la relación de pareja; si, por el contrario, nuestro cónyuge lo ha propiciado, o si ha sido culpa de la otra parte implicada en la aventura. Las personas que tienden a buscar un culpable pueden tener una personalidad insegura y necesitan comprender la causa y buscar al culpable del problema.
  • B. Me vengo. Hacer daño a la otra persona es otra reacción habitual. El motivo es hacerle ver al otro el dolor que ha causado pagándole con la misma moneda. Las personas que se inclinan por la venganza cuando descubren que su pareja le ha sido infiel pueden tener una personalidad rencorosa y vengativa.
  • C. Le perdono. El perdón no implica el olvido. A menudo se puede superar una aventura y convivir con ello sin que la infidelidad interfiera en la relación, lo que no quiere decir que no suponga una especie de recuerdo doloroso. Las personas que suelen perdonar una infidelidad pueden tener una personalidad resolutiva o práctica.
  • D. Me separo. Es quizá otra de las reacciones clásicas. Cuando se descubre un affaire es común o frecuente que se produzca un distanciamiento físico en la pareja, e incluso una separación temporal. Pero para algunas personas, la separación es la única alternativa posible a la traición cometida. Las personas que reaccionan así pueden tener una personalidad con valores sumamente marcados, donde este tipo de comportamiento no tiene cabida. El perdón es imposible. Ante el daño, se elige la ruptura.

¿Qué motivos nos llevan a ser infieles?

Las causas de la infidelidad pueden ser varias. En algunos casos, puede existir una insatisfacción sexual previa, ya sea porque noten que sus relaciones sexuales son monótonas, ya sea porque necesiten sentir sensaciones nuevas y las busquen fuera del matrimonio.

En otras ocasiones, la rutina del matrimonio (ya no existe la pasión inicial ni las muestras de cariño del principio) ocasiona que se busque esa chispa, ese deseo, en otras personas. Esta necesidad emocional aparece con más frecuencia en mujeres que de los hombres. De hecho, algunos antropólogos físicos o biológicos apuntan que siete de cada diez mujeres que son infieles no lo hacen por motivos sexuales, sino sentimentales.

También hay infidelidades que se producen por venganza. Ya hemos comentado que la venganza es una reacción bastante habitual ante el descubrimiento de una infidelidad. En ocasiones, los cónyuges, despechados, buscan hacer daño a la otra persona teniendo una aventura.

Por último, los hay que justifican la infidelidad por razones biológicas y genéticas, con lemas como la infidelidad está en nuestros genes, o por falta de voluntad, que les impide decir que no cuando se presenta cualquier oportunidad.

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¿Cuál de estos 4 tipos de pareja es la tuya?

Estos cuatro son los tipos más habituales de parejas, según unos expertos de la Universidad de Illinois.

Parece ser que son cuatro los tipos de relaciones que pueden darse entre las parejas. Esta conclusión, a la que ha llegado un grupo de expertos de la Universidad de Illinois, se apoya en un estudio realizado a 400 parejas a las que realizaron un seguimiento durante nueve meses para tratar de establecer el tipo de relación que presentaban y que ha permitido definir una categorización sobre los tipos de parejas.

La investigación prestó atención a la relación que mantenía cada una de las parejas, cómo eran las características personales de cada miembro de la pareja, cómo se comunicaban y cómo era su relación. El director de dicha investigación, el Dr. Brian G. Ogolsky, afirma que el estudio buscaba saber cómo son las relaciones normalmente y cómo pueden mejorar para que esta se convierta en una relación sana y fuerte. Del análisis de estas 400 parejas los investigadores han podido establecer una clasificación de tipos de relaciones en cuatro grupos, a saber:

Parejas sociables

Este tipo de parejas se caracteriza por tener una intensa actividad social, con un grupo destacado de amigos, con los que, además de pasar mucho tiempo libre, mantienen una relación estrecha, hasta tal punto que suelen compartir sus problemas de pareja con ellos, comentar sus inquietudes y buscar en ellos apoyo o ayuda cuando la necesitan. Pero, a pesar de lo que pueda parecer, suelen ser parejas estables, cuya duración suele ser larga. Los expertos apuntan a que compaginan el compromiso como pareja con su vida social de un modo relajado, por lo que son parejas más felices.

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Compañeros

Las parejas que entran dentro de esta categoría suelen convertirse en verdaderos amigos, en compañeros. Ello se debe a que suelen pasar mucho tiempo juntos, por lo que tanto en los planes que organizan como en las decisiones que toman siempre incluyen a los dos. No tienden a hacer nada por separado y mucho menos algo que pueda afectar a su pareja o poner en riesgo su relación. Priman el beneficio del otro, al que respetan y valoran mucho, no solo como pareja sino también como persona, lo que contribuye de manera positiva a relación, que a la larga se hace fuerte, comprometida y sólida.

Parejas que siempre están en conflicto

Los expertos apuntan que son parejas apasionadas, que siempre están en tensión entre ellos. Son parejas que un rato se aman con locura y otro se odian, se separan porque no se soportan y se juntan de nuevo porque no pueden vivir si la otra persona. Parece que hablásemos de cualquier pareja protagonista de una novela romántica, donde el tira y afloja es constante. A pesar de lo que pueda parecer, esta tensión, este tira y afloja, esta intensidad de emociones no dura siempre; de este modo, este tipo de relaciones no suele ser estable.

Parejas dramáticas

Por último, los estudiosos afirman que existe un cuarto grupo de parejas en los que el compromiso no es completo entre ellos. Son relaciones en las que los miembros se dejan influenciar por amigos, familiares…, lo que pone en riesgo su estabilidad, pues genera peleas y grietas en la pareja. Son relaciones en las que están continuamente analizando qué hace el otro para cuestionar todo lo negativo de su pareja sin prestar atención a los aspectos positivos. Y es precisamente ello, y las influencias externas (pues piden consejo sobre sus problemas a todos y se dejan influenciar por lo que dicen los demás), lo que determina para mal muchas de las decisiones que toman.

¿Y vosotros, qué tipo de pareja sois?

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Músculos más fuertes para tener un cerebro sano

Un equipo de doctores de la Universidad de Sídney ha evidenciado que hacer pesas fortalece nuestro cerebro.

Siempre hemos considerado que hábitos como escribir, leer o hacer crucigramas favorecen nuestra actividad cerebral, lo cual, a la larga, contribuye a que tengamos un cerebro sano y joven.

Un equipo de investigación de la Universidad de Sídney, Australia, ha ido más allá y ha realizado un estudio para tratar de analizar la relación que existe entre la actividad física muscular y nuestra capacidad cognitiva.

El análisis llevado a cabo por este equipo, cuyas conclusiones han sido publicadas en la revista The Journal of American Geriatrics, de la American Geriatrics Society, ha evidenciado lo que ya se intuía: que un incremento de la fuerza muscular por medio de ejercicio físico es muy beneficioso para el correcto funcionamiento del cerebro, por cuanto aumenta el desarrollo cognitivo, esto es, nuestra capacidad para leer, escribir, aprender, recibir estímulos o memorizar información.

Los resultados son alentadores, si tenemos en cuenta el avance de las enfermedades neurodegenerativas entre las personas mayores. Enfermedades como el Alzheimer, el Parkinson o la demencia senil tienen una incidencia importante entre la población mayor de 60 años. Por ello, los datos de este estudio resultan esperanzadores para tratar de frenar el desarrollo de estas enfermedades.

Precisamente por ello, para el estudio tuvieron en cuenta una muestra de 100 personas de entre 55 y 68 años que mostraban los primeros signos de enfermedades neurodegenerativas. El análisis dividió a los sujetos en cuatro grupos para proceder a realizar con ellos una serie de ejercicios físicos, entre ellos, levantamiento de pesas. Asimismo, también tuvieron que realizar ejercicios mentales de entrenamiento. Para la realización de algunos ejercicios los investigadores emplearon el placebo con el objetivo de demostrar si esta sustancia, empleada tradicionalmente con algunas terapias, es realmente efectiva.

El ensayo estuvo controlado en todo momento por medio de ordenadores que ponían de manifiesto los primeros resultados. Uno de los más esperados fue el concerniente al empleo del placebo en el trascurso de algunos ejercicios, que permitió confirmar que su uso no supone beneficio alguno en la capacidad cognitiva de los pacientes. Pero, sin lugar a dudas, el resultado más importante al que se llegó ponía sobre la mesa la relación que existe entre el ejercicio y fortalecimiento muscular y el desarrollo cognitivo, como ha apuntado uno de los investigadores de la universidad australiana, el doctor Yorgi Mavros.

Las conclusiones de este estudio son claras y esperanzadoras: si conseguimos que nuestros mayores refuercen su musculatura conforme envejecen, podrán frenar o reducir el riesgo de padecer Alzheimer o cualquier otra enfermedad neurodegenerativa.

A tenor de estos resultados, parece claro que la fortaleza muscular física y cerebral están tan relacionadas entre sí que la mejora de la primera conlleva a una mejora de la segunda. Los pacientes que realizan ejercicio físico muscular de manera habitual tienen más posibilidades de retrasar el deterioro cognitivo y mental asociado a la edad.

Así que ya sabemos. Además de recomendar a nuestros mayores realizar crucigramas o sudokus, leer y ejercitar la memoria, habrá que incluir consejos para que fortalezcan su musculatura por medio de ejercicio físico de manera habitual. El fin último: mantener el cerebro sano y conseguir que la actividad cognitiva funcione correctamente durante más tiempo.

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¿Por qué los menores de 6 años no deberían jugar con pantallas?

El uso de la tecnología móvil entre los más pequeños es perjudicial, ya que afecta a su concepción de la vida y a su interacción con los demás.

Vivimos en una sociedad rodeada de tecnología, donde es normal ver a niños paseando en carritos entretenidos con el móvil de sus padres, o a pequeños embobados con la tableta mientras ven las travesuras de una simpática cerdita y sus amigos.

Es tan habitual que nadie se lleva las manos a la cabeza, a pesar de que no es bueno que los pequeños jueguen con estos dispositivos móviles ni pasen tiempo mirando sus pantallas. Hace unos días, Catherine L’Ecuyer, una investigadora especializada en educación infantil, llamaba la atención precisamente sobre este aspecto y apuntaba que estos aparatos mermaban la atención de los menores. Esta experta comentaba que las nuevas tecnologías son sumamente adictivas; como los pequeños no han forjado aún acciones como la cordura o la moderación, no son conscientes de que no deben abusar de algo que les produce fascinación y asombro. Y va más allá todavía: su uso les aleja del mundo real en un momento, la infancia, en el que los menores deben basar una parte importante de su aprendizaje en la interacción con los demás, en la socialización con otros niños y con los adultos.

De la misma opinión es Álvaro Bilbao, un reconocido neuropsicólogo que ha argumentado en alguna ocasión los motivos por los cuales es necesario que retrasemos el uso de las pantallas móviles entre los pequeños. Nos parecen tan acertadas sus razones, tan en consonancia con lo expuesto por Catherine L’Ecuyer, que queremos recogerlas aquí.

El primer lugar, resalta que el empleo de los dispositivos móviles crea en los niños una conducta asociativa basada en el mínimo esfuerzo y en el entretenimiento y la distracción para huir de los problemas. Eso es al menos lo que sucede, como señala este investigador, cuando usamos las tabletas o los móviles para que coman o se queden quietos sin molestar. Indirectamente se le está diciendo al niño que, cuando tenga que hacer algo incómodo, aburrido o que exija una actividad, si no le gusta, puede evadirse con la pantalla en lugar de esforzarse en hacerlo.

La segunda cuestión es igual de destacada y guarda relación con lo que hemos apuntado unas líneas más arriba: durante la infancia los niños tienen que jugar, aprender y pelearse con sus semejantes, interactuar con los demás y socializar. Es lo que se ha hecho toda la vida y es lo que forjará la personalidad del pequeño. Esa experiencia es única y resulta vital para que de mayores sean personas seguras, sanas y emocionalmente estables. Álvaro Bilbao describe que el uso de los dispositivos móviles está impidiendo ese aprendizaje, esa interacción. Los niños no quieren jugar con sus amigos o con sus hermanos, no quieren bajar al parque o salir con las bicicletas. Prefieren entretenerse en casa con la tableta, el ordenador y el móvil. Además del problema que puede crear en las relaciones con los demás, habitúa al menor a prestar atención a estímulos intensos y a la gratificación que supone verlos, lo que hace que su cerebro no sienta curiosidad por otras cosas y pierda la atención en cuanto le falta esos estímulos. Esto está muy vinculado también a lo que apuntaba Catherine L’Ecuyer sobre la capacidad de fascinación y asombro de estos dispositivos, la moderación y el esfuerzo.

Por último, esa satisfacción inmediata, esa ley del mínimo esfuerzo y esa carencia de relaciones y de interacción en el mundo real configuran personalidades con problemas para alcanzar la satisfacción; personas infelices, que no están contentas con nada porque nada les produce esa satisfacción ni gratificación que les provoca la tableta o el móvil; individuos incapaces de relacionarse de manera sana con los demás o de no sentir ningún sentimiento de empatía. En definitiva, sujetos que se aburren fácilmente de todo, que no se esfuerzan y que huyen de los problemas.

De este modo, es importante que tanto los padres como los educadores antepongan, en edades tan tempranas, el aprendizaje real y la interacción con los demás al entretenimiento placentero que pueden proporcionar los dispositivos móviles. Porque durante esos años se forma la personalidad de los niños, y de ello dependerá cómo serán en la edad adulta.

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¿Qué diferencia hay entre el sexismo hostil y el sexismo benevolente?

Hay varios tipos de sexismo. Algunos, claro y evidente; otros no lo son tanto. Te explicamos las diferencias entre el sexismo hostil y el sexismo benevolente.

La sociedad está llena de prejuicios, valoraciones negativas hacia la mujer, que se dejan notar en el lugar de trabajo o el entorno familiar. El sexismo está presente en la publicidad, los medios de comunicación, el cine, el lenguaje, la política…

Conocido como discriminación sexual, el sexismo es un prejuicio, una discriminación que se hace en razón del sexo. Está basado en pensamientos peyorativos, en estereotipos construidos según los roles de género, en acciones que infravaloran al otro sexo por su condición de género. En la sociedad podemos encontrar varios tipos de sexismo. El más habitual es el sexismo que sufre la mujer y que podemos ver a diario en nuestra casa o en el trabajo por medio de comportamientos o actitudes que denigran y menosprecian a la mujer, pero las personas transexuales y transgénero también sufren de esta discriminación en aspectos tan importantes de su vida como el acceso a un puesto de trabajo, donde su identidad sexual es sometida, muchas veces, a crítica o rechazo.

Hay situaciones en las que el sexismo es claro y evidente, es una discriminación clara basada en prejuicios, pero cada vez es más palpable en la sociedad un sexismo benevolente, una especie de sexismo encubierto que está estructurado en el mismo pensamiento negativo pero de una manera menos directa, que huye del tradicional enfrentamiento sexista para evitar críticas, aunque se basa en los mismos prejuicios. Glick y Fiske lo llamaron sexismo benevolente y convive con otra forma de sexismo: el hostil. Ambas formas de discriminación conforman lo que estos autores han bautizado como sexismo ambivalente.

Sexismo hostil y sexismo benevolente

El sexismo ambivalente aúna las tradicionales formas de discriminación y superioridad sobre la mujer con otras nuevas, con un sexismo moderno y encubierto. Veamos cuáles son las diferencias entre ellos.

El sexismo hostil es el sexismo que todos conocemos, la discriminación hacia la mujer como grupo, simplemente por su condición de género. Allport lo definía en la década de los sesenta como un prejuicio hacia las mujeres en un marco de hostilidad y aversión. Es la forma más clara de sexismo y la que más rechazo levanta en la sociedad precisamente por ello. La consecuencia de este sexismo es, como exponen María Lameiras, Yolanda Rodríguez, M.ª Victoria Carrera y María Calado en el artículo «Del sexismo hostil al sexismo benevolente: la nueva cara del sexismo en las sociedades occidentales», publicado en la revista Estudios de Antropología Biológica, un tratamiento desigual y perjudicial hacia las mujeres, que son colocadas en un grupo inferior y subordinado. Esta discriminación alude al papel tradicional de la mujer en la historia: relegada al cuidado de la casa y el hogar y dependiente, por tanto, del marido, que se sitúa en un puesto superior y ejerce el control sobre ella.

¿Cómo identificarlo? Además de por las claras muestras de discriminación, podemos ver ejemplos del sexismo hostil en frases como las siguientes: «La mayoría de las mujeres interpretan actos o comentarios inocentes como sexistas», «las mujeres exageran sus problemas en el trabajo», etc. O, la más famosa de todas, y que habremos escuchado en alguna ocasión: «Muchas mujeres quieren privilegios solo por ser mujer y lo hacen bajo la excusa de la «igualdad»».

La otra cara del sexismo es el sexismo benevolente, una forma de discriminación más sutil que esconde un trato desigual y denigrante hacia las mujeres por su condición de sexo débil. Se trata de «un tipo de prejuicio hacia las mujeres basada en una visión estereotipada y limitada de la mujer, pero con un tono afectivo positivo y unido a conductas de apoyo», como apuntan Santiago Palacios e Irma Rodríguez en el artículo «Sexismo, hostilidad y benevolencia. Género y creencias asociadas a la violencia de pareja», publicado en XVII Congreso de Estudios Vascos: Gizarte aurrerapen iraunkorrerako berrikuntza = Innovación para el progreso social sostenible. El sexismo benevolente considera a la mujer frágil, por lo que requiere protección por parte del hombre. Está basado, por tanto, en el paternalismo protector, por cuanto el hombre asume el papel de cuidador de la mujer; que alaba a la mujer como complemento del hombre, a la mujer femenina, generosa, pura…

¿Cómo identificarlo? Con las acciones paternalistas de algunos hombres a la hora de tratarnos o de explicarnos algo, y con frases como las siguientes: «No importa lo exitoso que sea, un hombre nunca estará completo sin el amor de una mujer», «las mujeres deben ser cuidadas y protegidas por los hombres», «la mujer debería estar en un pedestal», o, la mejor de todas, «los hombres deberían estar dispuestos a sacrificar su propio bienestar para ofrecer una estabilidad económica a sus mujeres».

Estos son unos ejemplos de los dos tipos de sexismo:

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¿Qué podemos hacer para no ser sexistas?

Valorar a la mujer, tratarla como un igual, colocarla en la misma posición que el hombre son aspectos que ayudan a luchar contra el comportamiento sexista. Pero el sexismo debe erradicarse desde la educación en las aulas, desde el hogar, con actitudes que eviten el papel de la mujer como persona dependiente del padre, relegada a un papel inferior en la casa, el trabajo y la sociedad. Compartir las tareas y la educación de los hijos y respetar el papel de la mujer en su ámbito personal y profesional pueden ser dos puntos de partida a tener en cuenta.

Además, hay que lidiar contra el sexismo en el trabajo, con comportamientos ejemplares por parte de la Administración, políticas que igualen derechos, obligaciones, sueldos, puestos de trabajo… y que se reflejen en las empresas privadas.

Por último, también el lenguaje debe evitar el sexismo y apostar por un lenguaje inclusivo, debe visibilizar el papel de la mujer a la hora de emplear adjetivos, frases, nombres, títulos, etc.

En definitiva, equiparar derechos, sueldos, acciones, comportamientos, actitudes en el hogar y la familia, en los puestos de trabajo… y visibilizar a la mujer en todos los ámbitos de la sociedad es un requisito imprescindible para evitar no ser sexista.

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¿Es bueno ayudar a los niños con los deberes?

¿Quién no ha ayudado alguna vez a su hijo con un trabajo de clase? ¿Qué mamá no ha recibido alguna duda sobre la fecha de un examen en el grupo de padres del cole? ¿Es coherente hacer eso?

He aquí la eterna pregunta que nos surge a todos los padres cuando nuestros hijos van al cole: ¿debemos ayudarlos con los deberes?

La respuesta por parte de los profesionales que trabajan diariamente con niños y adolescentes es clara: los deberes son únicamente responsabilidad del niño. Por eso, los psicólogos apuntan que, si queremos formar a adultos responsables con sus obligaciones, debemos dejarles que sean ellos los que organicen sus deberes, gestionen su tiempo de estudio y asuman los errores que no hacerlos pueda conllevar en el menor.

Pero ya no solo es ayudarlos con las tareas. Algunos padres se hacen completamente responsables del tiempo de sus hijos, administrándolo, haciendo sus trabajos y presentaciones, preguntando a otros papis o mamis aquello que al menor se le ha olvidado apuntar o que no ha hecho… En definitiva, están adquiriendo un rol que solo le compete al niño y que, aunque nos cueste asumirlo, en lugar de beneficiarle, le perjudica. ¿Por qué? Porque ese niño crecerá pensando que sus padres siempre van a estar ahí, que le ayudarán a solucionar los problemas que tengan en el futuro, que solventarán sus errores. Y, a la larga, se convertirán en adultos irresponsables, poco comprometidos con los demás, poco tolerantes a la frustración, individuos con problemas para adaptarse a los cambios; como se suele decir, personas como muchos derechos y pocas obligaciones.

No se trata de no explicarles una duda o de ayudarles a resolver un problema que no saben, si es de manera puntual. Se trata de no hacer con ellos los problemas para que los lleven bien a clase sin que ellos se esfuercen en pensar cómo hacerlos.

Hoy día, con aplicaciones como WhatsApp, los padres incluso nos ponemos en contacto con otros padres si vemos que nuestros niños se han olvidado de copiar tal ejercicio o no recuerdan la fecha de un examen. Pero esto también es negativo para el menor, pues, además de no responsabilizarse por nada que tenga que ver con el colegio o el instituto (total, si ya está mamá o papá para preguntar en el grupo), aprenderán a no levantarse cuando se equivocan, se frustrarán cuando algo les salga mal o cuando suspendan en vez de aprender de los errores, no asumirán su culpa y no se preocuparán por nada. Por eso, la mayoría de los psicólogos especializados en educación aconsejan dejar a los niños que se organicen con los deberes, que se responsabilicen de las consecuencias que supone no hacerlos, que presten atención a los exámenes, las fechas de entrega de los ejercicios y trabajos… Deben asumir que equivocarse es parte del aprendizaje. Si se olvidan de hacerlo o de estudiar, tendrán que aprender a ser consecuentes con ello, a suspender y a tener que recuperar tal materia. En definitiva, a esforzarse.

No pasa nada porque ellos estudien solos, como tampoco pasa nada si suspenden. Es parte del proceso y es importante que sean ellos los que consigan los objetivos por sí solos. Así, cuando sean adultos, serán unas personas más tolerantes, más equilibradas emocionalmente y más felices.

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La psicología que esconde Alicia en el país de las Maravillas

Además de alusiones a la lógica, Alicia en el país de las maravillas es una obra repleta de sinsentidos y situaciones que podrían esconder un trasfondo psicológico detrás.

Publicada en 1865, la novela es la más conocida del matemático y escritor inglés Lewis Carroll. Se ha asociado tradicionalmente al mundo de la fantasía, pero detrás de la brillante historia se esconden alusiones al funcionamiento de la mente y del subconsciente, además de razonamientos matemáticos.

Cargada de sinsentidos, de situaciones absurdas y de comportamientos extraños que rozan la risa, Alicia en el país de las maravillas es un libro muy recomendable tanto para niños como para adultos. En él aparecen reflejados los conocimientos en lógica y matemáticas del autor, que invitan a los lectores a pensar mientras disfrutan de ese mundo de fantasía. Pero también la psicología y el subconsciente tienen cabida en esta obra. Veamos lo que se esconde detrás de esta joya de la literatura británica.

Quizá una de las primeras alusiones sea la caída de Alicia por la madriguera, que ha sido vista de distintas maneras. Para los matemáticos, guarda relación con el concepto del límite. Los profesionales de la salud mental van más allá y vinculan la sensación de Alicia cayendo con la que sienten algunas personas cuando tienen pesadillas, que sueñan que caen. Algunos de ellos creer ver en esta parte un guiño por parte de Lewis para hablar del subconsciente.

También ha sido estudiado el momento en el que Alicia tiene que beber la poción para hacerse pequeña y cruzar por la puerta y comerse el pastel para crecer y conseguir la llave que necesita para salir. En la década de los años 50 un psiquiatra asoció esa sensación con un trastorno neurológico que afecta a la percepción visual del cuerpo y de los objetos. Este síndrome hace que los pacientes que lo sufren vean cómo se alteran sus sentidos y confundan su tamaño. Dicho trastorno incluso lleva su nombre (síndrome de Alicia en el país de las Maravillas) y el motivo por el que aparece en el cuento podría haber sido que el propio Carroll también lo sintiese a causa de las continuas migrañas que padecía.

Otros problemas emocionales más fáciles de identificar serían la ansiedady el estrés. El ejemplo más claro está en el comportamiento del Conejo Blanco y los nervios por no llegar tarde que acusa en varios momentos de la historia. Además, podría verse también como un trastorno obsesivo y paranoico, pues el conejo vive centrado en el reloj, como símbolo del tiempo, como objeto en torno al que gira todo.

Del mismo modo, el famoso Gato de Cheshire está relacionado con la psicología. En este caso, los especialistas han querido vincularlo con el mundo de los sueños y con la memoria, aspectos estos que se relacionan y que generan los recuerdos. Estos se mezclan con los sueños en ese mundo que roza lo irreal y que hace posible que muchas veces soñemos situaciones catalogadas como sinsentidos.

Por último, actitudes como la intolerancia, la vanidad y la prepotencia también tienen cabida en la obra. Quizá el personaje que más refleja estas conductas sea la reina, que muestra una forma de ser egocéntrica, obsesiva, vanidosa y prepotente, emociones negativas que afectan a la autoestima y que generan varios problemas psicológicos.

Estamos seguros de que la próxima vez que leas Alicia en el país de las Maravillas verás la historia con otros ojos.

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¿Qué es la tricotilomanía?

Hoy hablamos de la tricotilomanía, un comportamiento compulsivo muy poco conocido.

La ansiedad, los nervios y el estrés pueden desencadenar comportamientos compulsivos. La tricotilomanía es uno de ellos.

Comer de manera compulsiva comida basura o morderse las uñas son comportamientos que responden a un desorden en la conducta. Suelen darse en situaciones de estrés, para calmar la ansiedad o un estado de nervios y son bastante habituales. La tricotilomanía es otro desorden de la conducta menos conocido que, en muchos casos, también está asociado a situaciones de estrés, depresión o ansiedad.

¿Qué es la tricotilomanía?

La tricotilomanía es un hábito que consiste en arrancarse el cabello o los vellos de algunas partes del cuerpo. El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV) lo define como un trastorno del control de los impulsos y lo equipara a problemas tales como la adicción al juego o la cleptomanía. Algunos incluso apuntan que es un desorden neurológico, posiblemente genético.

Como trastorno de la conducta que es, se hace de manera compulsiva; en algunos casos, la persona que lo padece no es consciente de que lo está haciendo. Hay pacientes que lo realizan de manera puntual, cuando se enfrentan a situaciones determinadas, y hay otros que se pueden pasar horas así.

En los casos más graves, la tricotilomanía puede conllevar calvicie, heridas causadas por la propia acción de arrancarse el pelo, infección o trastornos gastrointestinales en aquellos casos en los que el cabello arrancado se ingiere. También puede generar problemas emocionales fruto de la apariencia y extensión anormal del cabello. Así, al problema de comportamiento se uniría otros como baja autoestima, estrés por ser objeto de rechazo o burla, dificultad para establecer relaciones sociales, etc.

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¿Qué ocasiona la tricotilomanía?

La mayoría de los psicólogos indica que este problema de conducta suele aparece en edad infantil, aunque hay casos en adolescentes e incluso en edad adulta. Pero ¿qué causa la tricotilomanía?

Esta conducta repetitiva centrada en el cuerpo, como se le considera por parte de algunos expertos, está asociada, en gran parte de los casos, a la depresión clínica y al estrés postraumático. Aunque se ha relacionado algunas veces con el TOC (trastorno obsesivo-compulsivo), hoy se acepta que entre los dos trastornos existen diferencias.

También está relacionada con la ansiedad, pues este hábito, que resulta completamente incontrolable, se realizaría de manera inconsciente para calmar episodios de ansiedad o estrés.

¿Se puede superar la tricotilomanía?

Sí, con un tratamiento adecuado, se puede superar este problema conductual y conseguir llevar una vida normal. Acudir a un psicólogo o psiquiatra es indispensable para tratar este trastorno. La terapia cognitivo-conductual y la hipnosis clínica se han demostrado eficaces para reducir este hábito, e incluso eliminarlo. Los psicólogos suelen tratar la ansiedad y la depresión para atajar el origen de este comportamiento. Se ha constatado que con la mejora de estos trastornos emocionales se consigue reducir la compulsión de arrancarse el cabello, o la de rascarse (dermatilomanía,) que también está ligada a la anterior. Incluso la tricofagia, que es el término con el que se conoce la ingesta de cabellos y que provoca problemas gastrointestinales importantes.

Además de la terapia que desarrolle el profesional, se suelen recetar medicamentos, como antidepresivos o clomipramina, pero no siempre consiguen los resultados conseguidos.

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Miedos atávicos: ¿qué son?

Los miedos atávicos nos acompañan desde tiempos inmemoriales.

El miedo es un sentimiento de angustia que afecta a todos los seres humanos. Algunos miedos están provocados por sucesos reales, pero otros son imaginarios e irracionales, los creados por la mente inconsciente, y que pueden provocar episodios de ansiedad de considerable importancia.  La mente inconsciente genera relaciones entre imágenes, lugares, olores o situaciones, lo que se conoce como anclajes, al unirlos con otra situación, sensación, o tema negativo. Esta relación no tiene que ser racional, puede ser copiada de una película, una idea que una vez pensamos, una sensación que tuvimos, y quedarse en nosotros.

Unos de estos miedos son los miedos atávicos, ideas que nos perturban que proceden de nuestros antepasados y que, sin saber cómo, perviven con el paso del tiempo generación tras generación. La mayoría de estos miedos son comunes, es decir, los sienten muchas personas sin relación entre ellas. Algunos de ellos pueden limitar nuestra vida. Por eso, para poder controlarlos y superarlos es necesario que sepamos su origen.

Miedo a ser enterrado vivo

Este es un miedo bastante frecuente. Conocido como tapefobia, el origen de este temor tiene que ver con el hallazgo de ataúdes con marcas de arañazos que hacen pensar que la persona cuyos restos estaban dentro de esa caja había sido enterrada viva. ¿Y cómo es esto? Porque la habían dado por muerta cuando no lo estaba, así que esa persona se había despertado cuando ya estaba bajo tierra. Pensar en ello produce una sensación desagradable en el cuerpo; imaginar su desesperación nos provoca pavor. Y no es para menos porque hasta hace un siglo estas cosas sucedían con cierta frecuencia. En la actualidad los avances médicos para confirmar el fallecimiento de una persona y el tiempo que se espera para darle digna sepultura hacen prácticamente imposible que sucedan este tipo de episodios.

Miedo a ser atacados cuando estamos solos

Los seres humanos somos animales sociales. Como muchos mamíferos, tenemos marcado un sentimiento fuerte de pertenencia al grupo porque nos confiere seguridad y fortaleza. Por esa razón, cuando estamos solos a veces sentimos temor, porque nos encontramos lejos de aquellos que pueden defendernos y protegernos. Ello explica por qué cuando estamos en el campo y nos alejamos para hacer nuestras necesidades estamos intranquilos y nos asustamos, porque en ese momento estamos solos y somos más vulnerables al peligro.

Miedo al mal olor

Este es otro temor irracional que sufren algunas personas. El origen hay que buscarlo en la asociación que existía en el pasado entre el mal olor y el veneno. Envenenar a alguien usando la comida era un método muy eficaz para acabar con el enemigo sin dejar huella. Por ello, los reyes y otras personas ilustres solían dar a oler la comida antes de probarla para detectar la presencia de veneno en el plato.

Miedo a ser violada

Entre las mujeres, este miedo es incluso superior al de la propia muerte. El daño físico que provoca una agresión sexual y las consecuencias emocionales de dicha agresión causan pavor en muchas mujeres. La impunidad con la que actúan estos delincuentes y el trauma que provoca la humillación de una violación incrementa más si cabe este temor.

Miedo a la mutilación

Saber que tenemos todas las partes del cuerpo y que estas funcionan nos da seguridad, hace que nos sintamos independientes y fuertes. Por eso, el miedo a perder alguna parte de nuestro cuerpo, como la mano, el pie o una pierna, nos genera inseguridad, nos hace ser vulnerables y dependientes y, lo que es más grave, nos coloca en el punto de mira de las burlas y los desprecios.

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¿Por qué no nos gusta la fruta fea?

¿Es el cerebro el culpable de que solo consumamos piezas de fruta estéticamente correctas? ¿Cuál es la importancia que le da este órgano a la apariencia de los alimentos?

1300 millones de toneladas de alimentos van a acabar a la basura cada año, una cantidad nada desdeñable si tenemos en cuenta la escasez de comida que sufren algunas regiones de nuestro planeta.

Este consumo irresponsable también afecta a la producción agrícola. De hecho, entre un 30 % y un 40 % de lo que se recoge del campo acaba desperdiciado antes de llegar a los comercios debido a que su apariencia no resulta atractiva y no cumple unos criterios estéticos establecidos;ello a pesar de que su calidad sea igual o mayor a la de otras piezas «más bonitas».

Desde hace algún tiempo la propia Comisión Europea y distintos colectivos están promoviendo iniciativas para fomentar el consumo de frutas y verduras que estéticamente no son correctas. Algunos ejemplos de estas iniciativas son abaratar los productos de apariencia menos apetecible, como la que ha llevado a cabo la multinacional inglesa Tesco, o crear atractivas campañas publicitarias, como la de la cooperativa portuguesa Frutafeia con su eslogan «La gente guapa come fruta fea».

Lejos de lo que pueda considerarse, la apariencia de la fruta nada tiene que ver con su calidad. Son otros factores los que condicionan la estética de una pieza de verdura o fruta, factores como una polinización incorrecta, las incidencias meteorológicas y las plagas que pueden afectar a los cultivos.

Pero ¿por qué no nos gusta la fruta fea? ¿Qué papel juega el cerebro en esta elección?

Según los expertos, el hecho de que nos atraigan solo alimentos bonitos y bien presentados se debe a un prejuicio cognitivo, el mismo que hace que confiemos más en personas guapas y con buena aparencia. La comida, como las personas, entra por los ojos. De ahí que la impresión que nos den los alimentos y la apariencia que tengan será lo primero que tengamos en cuenta para elegirlos, a pesar de que el interior sea el mismo.

Precisamente, un estudio realizado por la profesora de Psicología Debra Zellner, de la Universidad Estatal de Montclair, ha confirmado esto: el modo en el que se presentan los alimentos cuando vamos a consumirlos influye de manera significativa en nuestra elección.

La culpa de ello la tiene la corteza insular anterior de nuestro cerebro, que es la que define qué es bonito, y por tanto qué es lo que nos gusta, y qué es feo. Según los especialistas, el gusto, lo que nos entra por los ojos y, consecuentemente, nos apetece, está relacionado con la valoración que hace nuestro cerebro sobre determinados objetos, en este caso los alimentos. Cuando hablamos del valor no nos referimos a cuestiones económicas sino al examen que realiza este órgano sobre una pieza de fruta o verdura para determinar si es bonita y buena o fea y mala.

Por supuesto, los sentidos juegan una parte fundamental en este proceso: el tacto, el gusto, la vista y el olfato nos ayudan a determinar aquellos alimentos apetecibles de los que no nos agradan.

El consumo responsable de los alimentos obliga a repensarnos las causas por las que consumimos alimentos cuya apariencia nos gusta más, despreciando la fruta y verdura fea. Conociendo la importancia que tiene el cerebro, es fundamental que demostremos que una pieza de fruta estéticamente fea puede ser igual de sabrosa que otra bonita. Por eso es interesante que modifiquemos la percepción que tenemos de los alimentos y que seamos realistas sobre la apariencia real que tienen muchos de los productos que consumimos. De este modo, reeducando a nuestro cerebro conseguiremos alterar el valor que este le otorgue a los alimentos.

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